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Los multimillonarios recursos invertidos por Estados Unidos
no han logrado su pacificación ni eliminar la tenaz
resistencia talibana contra los invasores extranjeros
Si refranes populares expresan: “Poderoso caballero es don
dinero” y “El dinero todo lo puede”, en el caso de
Afganistán estas máximas no se aplican a una guerra
mantenida casi oculta o en una zona de silencio por el
gobierno y los medios de divulgación masiva norteamericanos.
Los multimillonarios recursos en hombres, armas y demás
gastos invertidos por Estados Unidos desde el inicio de la
invasión del país centroasiático, el 7 de octubre del 2001,
no han logrado su pacificación ni eliminar la tenaz
resistencia talibana contra los invasores extranjeros.
Mientras titulares de la prensa occidental propagan
informaciones del Pentágono sobre una disminución de las
acciones de la resistencia y el incremento de la seguridad
en Iraq, las escasas noticias sobre Afganistán suelen
reseñar exitosas operaciones militares y el alto número de
bajas causadas a los “insurgentes” por las tropas
estadounidenses.
Según comunicados de fuentes castrenses, las muertes de
civiles, entre ellos niños, mujeres y ancianos, consideradas
como “daños colaterales”, se producen por lamentables
“accidentes”, cuyas víctimas en lo que va de año ascienden a
más de mil 500 ciudadanos afganos, nada sospechosos de ser
“terroristas”.
Estadísticas alternativas indican que más de 60 mil afganos
han muerto desde los inicios de la guerra, y que la cuarta
parte de las 8 mil personas que perdieron la vida el año
pasado a causa de la violencia, eran civiles.
En ocasiones las noticias refieren, como es ahora el caso,
las sumas de dinero prometidas para “la reconstrucción
política y económica” del devastado país.
Son facturas que Washington endosa a sus aliados de la
coalición denominada Fuerza Internacional de Asistencia a la
Seguridad de Afganistán (ISAF), bajo el comando de la OTAN,
e integradas por 47 mil efectivos, de ellos 34 mil
norteamericanos, muy ajenos a labores pacificadoras.
La “generosa contribución” que Estados Unidos impone a sus
aliados, quedó sellada en la Conferencia de Países Donantes
celebrada en París, comprometida a aportar una ayuda de 21
mil 416 millones de dólares para la reconstrucción y
desarrollo de Afganistán.
La gabela exigida por Washington y otros países a Kabul fue
la demanda al presidente afgano Hamid Karzai de intensificar
la lucha contra el narcotráfico y la corrupción generalizada
en el gobierno.
En la relación de principales “benefactores” aparecen junto
a Estados Unidos el Reino Unido, Alemania, Francia, Japón y
el Banco Mundial, la Unión Europea, Canadá, Emiratos Árabes
Unidos, Noruega y otros socios menores.
En cuanto a la plaga del multimillonario tráfico de
estupefacientes, el último informe de la Oficina de Naciones
Unidas contra la Droga y el Delito (UNODOC) indica que
Afganistán, el mayor productor de heroína en el mundo,
registró el pasado año más del 90% de la producción mundial
del opio, controlada por narcotraficantes norteamericanos y
los señores de la guerra afganos.
Siete años después de la caída del régimen talibán,
Afganistán permanece hundido en una crisis de extrema
violencia, ingobernabilidad, narcotráfico, corrupción
oficial, pobreza, analfabetismo e insalubridad, mientras
Estados Unidos y sus aliados no han podido liquidar los
bastiones de la resistencia que se extienden por toda la
geografía afgana. |