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 Afganistán, una guerra sepultada en dólares y silencio

JUAN DUFFLAR AMEL

iternac@trabaja.cip.cu

Los multimillonarios recursos invertidos por Estados Unidos no han logrado su pacificación ni eliminar la tenaz resistencia talibana contra los invasores extranjeros

Si refranes populares expresan: “Poderoso caballero es don dinero” y “El dinero todo lo puede”, en el caso de Afganistán estas máximas no se aplican a una guerra mantenida casi oculta o en una zona de silencio por el gobierno y los medios de divulgación masiva norteamericanos.


Los multimillonarios recursos en hombres, armas y demás gastos invertidos por Estados Unidos desde el inicio de la invasión del país centroasiático, el 7 de octubre del 2001, no han logrado su pacificación ni eliminar la tenaz resistencia talibana contra los invasores extranjeros.


Mientras titulares de la prensa occidental propagan informaciones del Pentágono sobre una disminución de las acciones de la resistencia y el incremento de la seguridad en Iraq, las escasas noticias sobre Afganistán suelen reseñar exitosas operaciones militares y el alto número de bajas causadas a los “insurgentes” por las tropas estadounidenses.
Según comunicados de fuentes castrenses, las muertes de civiles, entre ellos niños, mujeres y ancianos, consideradas como “daños colaterales”, se producen por lamentables “accidentes”, cuyas víctimas en lo que va de año ascienden a más de mil 500 ciudadanos afganos, nada sospechosos de ser “terroristas”.

 

Estadísticas alternativas indican que más de 60 mil afganos han muerto desde los inicios de la guerra, y que la cuarta parte de las 8 mil personas que perdieron la vida el año pasado a causa de la violencia, eran civiles.

 

En ocasiones las noticias refieren, como es ahora el caso, las sumas de dinero prometidas para “la reconstrucción política y económica” del devastado país.

 

Son facturas que Washington endosa a sus aliados de la coalición denominada Fuerza Internacional de Asistencia a la Seguridad de Afganistán (ISAF), bajo el comando de la OTAN, e integradas por 47 mil efectivos, de ellos 34 mil norteamericanos, muy ajenos a labores pacificadoras.

 

La “generosa contribución” que Estados Unidos impone a sus aliados, quedó sellada en la Conferencia de Países Donantes celebrada en París, comprometida a aportar una ayuda de 21 mil 416 millones de dólares para la reconstrucción y desarrollo de Afganistán.
La gabela exigida por Washington y otros países a Kabul fue la demanda al presidente afgano Hamid Karzai de intensificar la lucha contra el narcotráfico y la corrupción generalizada en el gobierno.

 

En la relación de principales “benefactores” aparecen junto a Estados Unidos el Reino Unido, Alemania, Francia, Japón y el Banco Mundial, la Unión Europea, Canadá, Emiratos Árabes Unidos, Noruega y otros socios menores.

 

En cuanto a la plaga del multimillonario tráfico de estupefacientes, el último informe de la Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODOC) indica que Afganistán, el mayor productor de heroína en el mundo, registró el pasado año más del 90% de la producción mundial del opio, controlada por narcotraficantes norteamericanos y los señores de la guerra afganos.

 

Siete años después de la caída del régimen talibán, Afganistán permanece hundido en una crisis de extrema violencia, ingobernabilidad, narcotráfico, corrupción oficial, pobreza, analfabetismo e insalubridad, mientras Estados Unidos y sus aliados no han podido liquidar los bastiones de la resistencia que se extienden por toda la geografía afgana. 

(Trabajadores) 16-06-2008


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