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El reciente establecimiento de relaciones diplomáticas
plenas entre la República Árabe de Siria y la República del
Líbano, constituye un hecho histórico sin precedentes
El reciente establecimiento de relaciones diplomáticas
plenas entre la República Árabe de Siria y la República del
Líbano, constituye un hecho histórico sin precedentes para
ambos pueblos y significa un rudo golpe para los intentos
divisionistas y los planes geopolíticos de Estados Unidos e
Israel en el Oriente Medio.
Este acuerdo materializa el pronunciamiento hecho en agosto
pasado, en la cumbre sirio-libanesa, por los presidentes
Bachar Al-Assad y Michael Suleimán, sobre la voluntad común
de normalizar los vínculos entre los dos países.
Acogida con beneplácito por los pueblos árabes, la decisión
oficializa los lazos diplomáticos a nivel de embajadas,
inexistentes desde que ambas naciones se independizaron de
Francia en la década de 1940.
Suscrito por Waliad Al Moallen y Fawzi Salloiuk, cancilleres
de Damasco y Beirut, respectivamente, el acuerdo sustenta
esas relaciones sobre la base del “respeto mutuo a la
soberanía e independencia de ambos estados y el
mantenimiento de relaciones fraternales y distinguidas entre
los dos países hermanos, para satisfacer las aspiraciones de
sus pueblos”.
La normalización de esas relaciones, nada gratas a
Washington y a Tel Aviv, empeñados en desestabilizar al
Líbano y convertirlo en punta de lanza contra Siria, es la
consecuencia de una larga tradición cultural y étnica común,
y de fuertes lazos económicos entre las dos naciones, que
bajo el Imperio Otomano permanecieron unidas como una sola
hasta 1920, en que resultaron divididas por las autoridades
colonialistas francesas.
La más reciente historia de los acontecimientos políticos
sirio-libaneses es un compendio de las maniobras
desestabilizadoras norteamericanas; de la guerra de agresión
desatada por Israel contra el País de los Cedros y de las
constantes sanciones y amenazas estadounidenses contra
Damasco.
Ellas conforman el largo expediente de la campaña de
difamación orquestada por Washington y Tel Aviv tras el
asesinato del ex primer ministro libanés, Rafik Hariri, en
Beirut, en marzo del 2005, con la cual se pretendió
involucrar a Siria en el atentado, con el propósito de crear
mayores tensiones entre ambos gobiernos y de conspirar
contra la estabilidad de la política libanesa.
En ese contexto y mediante presiones norteamericanas,
europeas e israelíes y la Resolución 1559 del Consejo de
Seguridad de Naciones Unidas, del 2 de septiembre del 2005,
se produce el retiro de las tropas sirias, asentadas en el
Líbano desde 1976 a partir de una decisión tomada por ambos
gobiernos, tras el comienzo de la guerra civil en el pequeño
país árabe.
Finalizada la contienda en 1990, el Ejército Sirio
permaneció en el Líbano como una fuerza de disuasión,
mediante un acuerdo con la Liga de Estados Árabes, el cual
estipulaba su retirada gradual.
La injustificada guerra de agresión al Líbano, desatada por
Israel con el apoyo de Washington en Julio del 2006, fue la
evidencia de las intenciones imperialistas y sionistas de
ocupar el país y aniquilar al movimiento de resistencia
islámica, Hezbollah, factor principal en la derrota militar
y política infligida a la aventura bélica de Tel Aviv y
también en el cambio de la situación interna libanesa.
En la otra vertiente, el gobierno del presidente George
W. Bush ha
sostenido una permanente política de hostilidad contra
Damasco.
La Casa Blanca y el Departamento de Estado utilizan campañas
de difamación, la aplicación de arbitrarias sanciones
económicas
y las amenazas de agresión militar a Siria, acusándola de
“promover el terrorismo, suministrar apoyo a la resistencia
en Iraq, a Hezbollah en el Líbano, a la causa palestina
y de mantener una estrecha alianza con Irán”.
Entre sus últimos recursos desestabilizadores, la CIA
presentó al Congreso norteamericano “pruebas”, que según el
gobierno de EE. UU. muestran que Siria está involucrada en
un proyecto nuclear con fines militares, el mismo falso
argumento utilizado contra Irán.
Pero tanto el fracasado presidente Bush, como el corrupto ex
primer ministro israelí, Ehud Olmert, abandonarán sus cargos
sin poder cumplir sus objetivos de dominación en el Líbano y
Siria, exponentes de una mutua voluntad de unidad entre los
pueblos árabes. |