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Bush,
Cheney y Rice, miembros del selecto club de la mentira y la
desfachatez
De prestar
alguna credibilidad -es una suposición-- a las patrañas de
George W. Bush, Dick Cheney y Condoleezza Rice, en muy breve
tiempo Afganistán e Iraq podrán incluirse entre los
atractivos polos turísticos de Asia Central y del Oriente
Medio.
El
presidente, el vicepresidente y la secretaria de Estado
norteamericanos, respectivamente, continúan ocultando una
realidad aceptada universalmente: ambas aventuras militares
han resultado un fracaso.
Y es que
esta trilogía de la desfachatez, junto al ex secretario de
Estado Colin Powell, al ex secretario de Defensa Donald
Rumsfeld, al ex subsecretario de Defensa Paul Wolfowitz, y
los ex portavoces de la Casa Blanca Ari Fleisher y Scott
McClellan, integran el selecto club de mitómanos que,
utilizando una sarta de mil mentiras, se empeñó en
justificar con el engaño la invasión de ambos países.
En el discurso
por el quinto aniversario de la ocupación al estado árabe,
Bush afirmó: “Iraq es ahora más seguro que bajo el mandato
de Saddam Hussein”, y “el éxito que estamos viendo es
innegable”.
Con su proverbial
hipocresía, dijo que el reciente aumento de 30 mil soldados
estadounidenses en Iraq supuso “la mayor victoria
estratégica en la guerra contra el terror".
No
obstante su retórica triunfalista, se cuidó de hacer
referencia a la mayor de sus mentiras: la existencia de
armas de destrucción masiva en poder del gobierno de Bagdad,
burdo pretexto con el cual Washington inició la guerra
contra Iraq.
En la
alharaca sobre la “exitosa campaña iraquí”, su carnal
vicepresidente, Dick Cheney, no le ha ido a la zaga.
En sus
últimos y sorpresivos viajes a Iraq y Afganistán, Cheney
repitió los mismos manidos conceptos vertidos durante un
lustro por “la voz del amo”.
Si bien en
su tercera visita a Bagdad reconoció que “las fuerzas
armadas norteamericanas se enfrentan con dificultades,
señaló que “en comparación con la situación de diez meses
atrás el nivel de violencia se ha reducido notablemente,
demostrativo de lo exitosos de los esfuerzos de Estados
Unidos”.
En
Afganistán no fue menos locuaz, pero su euforia no pudo
enmascarar el verdadero objetivo de su última y precipitada
visita: obtener del “presidente” Hamid Karzai y de la OTAN,
el incremento de sus efectivos militares ante la
beligerancia de los talibanes, con vistas a consolidar “la
gran victoria” que dijo haberse logrado en la pequeña y
paupérrima nación del Asia Central, y “para ayudar a “que
se convierta en un país próspero y estable”.
Cheney,
pretendió ignorar la creciente beligerancia de los talibanes,
que ya controlan cerca de la mitad del país, al expresar su
satisfacción “por los logros conseguidos por el gobierno de
Afganistán durante los últimos seis años” y “los grandes
avances logrados en los terrenos de la paz, la estabilidad y
la democracia afgana”.
En ese
momento, no mencionó haber sido víctima de un ataque con
bombas durante su anterior visita el pasado año a Afganistán,
cuando se encontraba arengando a las tropas en Bagram, la
principal base militar estadounidense.
En
cumplimiento de su turno de falsedades y subterfugios, la
secretaria de Estado de Estados Unidos, Condoleezza Rice,
también viajó recientemente a Bagdad, para aseverar que "es
la hora de la esperanza para Iraq”, aunque el masacrado
pueblo iraquí y la devastada nación árabe, desconocen a cual
tipo de esperanza se refería
En sus
edulcoradas declaraciones a la prensa, reafirmó el apoyo de
la Casa Blanca al “gobierno” de Nuri al Maliki, y estableció
que desde la última vez que visitó Bagdad, “ha podido
constatar progresos en el frente político, especialmente en
el campo de la reconciliación que los propios iraquíes
llevan a cabo entre comunidades".
Pero
aunque estos tres redomados mitómanos han prometido al
pueblo estadounidense salir victoriosos de estas contiendas
bélicas, los iraquíes y los afganos, cuyos muertos en
conjunto sobrepasan el millón y medio de ciudadanos y viven
sumidos en la devastación, la extrema violencia, la miseria
y la desesperanza, no consiguen creer en sus vanas palabras.
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